DESCRIPCIÓN DEL BLOG:

Es un blog literario dedicado íntegramante a destacar la figura de Heberto Padilla, escritor, poeta y hombre de pensamiento dentro del marco de las letras cubanas, así como, develar la génesis y las consecuencias dentro de la cultura hispana y universal del llamado Caso Padilla. Es nuestra intención acopiar documentos éditos e inéditos sobre el particular a modo de esclarecer las circunstancias que rodearon este momentum histórico y preservarlo como legado a las generaciones más jóvenes de escritores, poetas y artistas cubanos e hispanohablantes en general.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Vargas Llosa cree que el "boom" no duró más de diez años, roto por la política

Madrid, 6 nov (EFE).- El premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa cree que el "entusiasmo compartido" y la "fraternidad" que unió a los escritores latinoamericanos del "boom" no duró más de diez años, y que la política fue la que creó una "enorme división" entre los autores partícipes de aquella "empresa común".
Así lo ha confesado en la conferencia inaugural del congreso "el canon del boom" que arranca en Madrid y en otras siete ciudades españolas con el propósito de analizar las repercusiones culturales que aquel fenómeno literario tuvo para España e Iberoamérica.
Los príncipes de Asturias han presidido el acto, celebrado en la Casa de América, y organizado por Acción Cultural Española y la Cátedra Vargas Llosa, que congregarán hasta el sábado a más de cuarenta críticos y escritores de ambos lados de Atlántico.
El Nobel peruano ha trazado un detallado recorrido por sus recuerdos de la época del "boom" a través de las ciudades que lo catalizaron, con Barcelona como cabeza de puente hacia América, y de los nombres que lo configuraron, como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes y Alejo Carpentier, entre otros.
De todos ha ido evocando anécdotas, experiencias compartidas, percepciones de cómo los vio entonces y cómo los percibe ahora, cuando se cumplen cincuenta años de la publicación de su primera novela, "La ciudad y los perros", fecha que se da como punto de salida de un movimiento que fue mucho más allá de la literatura.
Vargas Llosa, que como él mismo ha dicho es uno de los "poquísimos sobrevivientes" de aquel tiempo, está convencido de que el "boom" ayudó a que muchos latinoamericanos, él mismo incluido, comenzaran a sentirse como tales, y en este sentido ha recordado que fue en Europa -en París y Barcelona- donde él tuvo primera noticia y luego conocimiento directo de sus coetáneos latinoamericanos.
La experiencia, incluidos los cinco años más felices de su existencia, en la ciudad condal, perduró durante una década, pero después fue la política, y en concreto el llamado "caso Padilla", referido al encarcelamiento en 1971 del escritor cubano Heberto Padilla por motivos políticos, lo que deshizo sus vínculos.
Aunque después todos siguieron con su tarea, si bien con la diferencia de que lo que había sido una "empresa común" pasó a ser una "empresa individual", ha explicado.
Una de las pruebas de aquel espíritu fue la idea promovida por Carlos Fuentes de que cada uno de los autores escribiera una novela corta sobre su dictador correspondiente, algo que nunca llegó a materializarse de manera conjunta aunque después, ha puntualizado el Nobel, acabaron haciéndolo cada uno por su cuenta.
El "boom" sirvió también para que el mundo supiera que América Latina "no sólo producía" dictadores y revolucionarios, el mambo, la guaracha o el bolero sino, ha subrayado el escritor peruano, "también buena literatura".
Esas buenas letras, que además han enriquecido el español como lengua universal, eran las que firmaban el argentino Julio Cortázar, al que conoció en 1958 en París y al que vio cómo se transmutaba de un hombre "sumamente cortés y distante" que no quería saber nada de política a un "revolucionario juvenil de sesenta años", según él "de una enorme ingenuidad" y "pureza".
También conoció en París a Borges, y Mario Vargas Llosa ha detallado la emoción que le supuso aquella primera entrevista que le hizo como periodista de la radio televisión francesa en 1963: "Parecía haber leído todos los libros y retenerlos todos en la memoria", recuerda.
En Barcelona trabó relación con Carlos Barral y su editorial, Seix Barral, clave para el impulso del "boom" y que publicó "La ciudad y los perros", y a esa ciudad se mudó desde Londres siguiendo órdenes de la agente del colombiano Gabriel García Márquez.
De "Gabo" ha contado cómo se vio desbordado por el éxito de "Cien años de soledad" y cómo junto al chileno José Donoso formaron el primer grupo de latinoamericanos asentados en la ciudad catalana.
"Uno tenía la sensación, escribiendo en esos años de que no sólo materializaba una vocación, sino que aquello que hacía, si salía bien, si llegaba al corazón de los lectores, de alguna manera iba a contribuir a hacer que la vida fuera mejor", ha reflexionado.
Los cubanos Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante y José Lezama Lima también han estado hoy en boca del último Nobel latinoamericano, y también lo estarán, junto a los demás autores del "boom", en las conferencias y ponencias que se van a celebrar en Madrid y en las universidades de Las Palmas, Alicante, Murcia, Valladolid, Castilla-La Mancha, Málaga, Alicante y La Rioja.
La conferencia ha sido presentada por el director de la cátedra Mario Vargas Llosa, Juan José Armas Marcelo, y por el secretario de Estado de Cultura, José María Lasalle, quien ha destacado que aquel movimiento contribuyó a renovar la cultura en español e impulsó la vitalidad de la lengua en que Iberoamérica "habla, escribe y piensa".
El premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa en el congreso internacional sobre "El canon del 'boom'", inaugurado en Madrid. EFE

martes, 30 de octubre de 2012



                                        EL POETA SALVADOREÑO ROQUE DALTON



“Matar a un poeta cuando duerme”

Manuel Luna
Martes 01 de Septiembre de 2009 20:45

La poesía y política, las dos pasiones que encaminaron al poeta a su atentado, así es el "Caso
Roque Dalton García", poeta salvadoreño del que se conocen algunas conjeturas y anécdotas
acerca de su asesinato y su vida. Dalton nace un 14 de mayo de 1935 e irónicamente un mayo
10 de 1975, tres días antes de cumplir cuarenta años es asesinado y sepultado por sus mismos
compañeros de lucha revolucionaria.
En la capital salvadoreña se conoce la noticia a partir de la segunda semana de mayo por un
comunicado que circuló en los pasillos de la Universidad Nacional de El Salvador, emitido por
el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) célula guerrillera que el fundó y a la que pertenecía
al morir, ésta se hizo responsable de su secuestro, juicio y ejecución. Acusaban al poeta Dalton
de trabajar para la CIA y de haber procurado su infiltración dentro de las estructuras de esta
organización.
Y agrega ese comunicado: "Su posición pequeño burguesa, nunca un revolucionario obedecía
a una tendencia errada, aventurera y pragmática,... perjudicial y dañina. No en vano, el
representaba al revisionismo internacional y su obra no constituye aporte a la interpretación...
de la sociedad".
En líneas generales, Roque muere por disputas partidistas y disensiones políticas e ideológicas
con sus mismos compañeros de lucha extremadamente militaristas, quizá nunca se sabrán los
móviles que sucedieron en esta fraguada trama de sus compañeros, la que desembocó en este
cobarde asesinato.

El poeta cubano Heberto Padilla, -también sojuzgado y encarcelado por criticar a la revolución
cubana de esos años, quien después muere en su exilio en Miami- amigo personal de Roque y
quien ayudó a ordenar su libro de poesía "Taberna y otros lugares", apunta en uno de sus
libros (Mala memoria) que "el asesinato de su amigo se debió a una fuerte tensión entre la
posición sectaria de la guerrilla salvadoreña y la más pragmática del gobierno cubano de
aquellos días".
Roque, deja escrito en su obra la contradicción entre el artista libre pensador y el político, con
la que él tuvo conflicto, valga este fragmento de su novela experimental "Pobrecito poeta que
era yo" que ilustra esa dicotomía: "¿Qué es lo que me piden, renunciamientos y más
renunciamientos. Sinceramente: comprendo a la revolución y la hallo hermosa. Creo que tengo
cabida en ella y que mis defectos y mis lados sombríos también caben en ella, conmigo...
Comprendo que soy un hombre complicado y que mis criterios, también -lógicamentecomplicados,
no formarían la mejor agenda para una reunión de jóvenes comunistas por
ejemplo, tan empecinados en el candor...".
Y enfatiza el poeta: "... la Revolución debe tener una política para tratarme, para tratar a las
personas que, como yo, no hacemos otra cosa que reflejar, con las más agudas evidencias
(debido, no podría decir si al talento o a la irresponsabilidad), las complicaciones del mundo
actual cuya transformación lograría los revolucionarios".
Es evidente que el poeta, vivió el dogmatismo de las estructuras políticas de izquierda de su
país, su obra literaria le sirvió para cuestionar la verticalidad de las mismas, su personalidad de
libre pensador, iconoclasta y transgresor fue siempre fiel con su práctica de poeta libérrimo,
que fue temida por sus compañeros y silenciada físicamente. Valga este poemínimo irreverente
de Roque: "Las clases sociales en la cabeza de Kandinsky / La negación de la negación en la
cabeza de Dick Tracy / La alineación en la cabeza de Mandrake / La dictadura del proletariado
en la cabeza de King Kong".
Otro ejemplo para el "Caso Roque Dalton" está en una respuesta que dio el poeta a una de las
preguntas que le hiciera el escritor Mario Benedetti en la Habana 1969: ¿En tu caso personal
ha habido conflicto entre tu militancia política y tu calidad de escritor? "He tenido conflicto
cuando he tenido problemas ideológicos. Cada vez que he experimentado una desgarradura,
ha sido porque se me planteaba una contradicción entre una posición política y una posición
ideológica expresada en literatura. En la medida en que supe superar mis debilidades en ese
terreno, di pasos hacia delante, en la medida en que no los pude superar, tengo aún
conflictos".
Dalton expone al respecto en un discurso que pronunciara en la Habana, 1969, en el simposio
acerca de "El intelectual y la sociedad": "... El alma del artista: un himen del tamaño de una
bandera, apto para ser lucido en los recitales, pero siempre en el terrible peligro de caer al
suelo entre los pies de la multitud de zapatones desgarrantes".
La poesía de Roque no tiene una visión plana de la realidad, no solo posee contenidos políticos
así como fue utilizada, por lo movimientos de izquierda, sus temas son personales proyectan:
la infancia, el tiempo, el amor, la muerte, el exilio, el país con sus temas históricos, no descarta
el lenguaje coloquial salvadoreño lo incorpora a su escritura con un humor que lo hace único en
ocasiones antisolemne, así escribe en salvadoreño coloquial: "... las palabras son mis damas, y
mis cholinas, mi ayudame a vivir, mi caldo de puyas, mis espumillitas de acuís, estoy valido con
ellas de la tusquia, del me aparto revira contra ...".
La herencia literaria del poeta, el contacto con otras literaturas y otros escritores influyeron a la
gestación de su obra poética que revela una escritura sofisticada y cosmopolita que agrupa
técnicas como el surrealismo, el contrapunto, la narración dislocada, retoma técnicas
cinematográficas, así como el uso de la metáfora rebuscada - recurso favorito de Dalton- que
da a su poesía un hermetismo comunicativo, que podría ser, no accesible para aquel lector que
por vez primera entre en contacto con su escritura.
Se sabe que Roque Dalton, un diciembre de 1973 regresa al país clandestinamente desde la
Habana. Tenía la vocación de exiliado obligado, hasta la manera en que aparecen sus libros
de poesía lo confirma, todos publicados fuera de El Salvador: La ventana en el rostro, Las
historias prohibidas del pulgarcito, ambos en México DF. 1961. El turno del ofendido, El mar,
Los testimonios, Taberna y otros lugares, Miguel Mármol los sucesos del 32, (todos en la
Habana). Hasta sus dos libros póstumos, su novela Pobrecito poeta que era yo (Costa Rica) y
Un libro rojo para Lenin (Nicaragua).
Roque, estableció residencia en Cuba durante casi doce años de exilio trabajando en tareas
culturales, miembro de la redacción de la prestigiosa revista literaria Casa de Las Américas,
hizo trabajo periodístico como corresponsal de Prensa Latina en Praga, por veinte años fue
funcionario de organizaciones de la izquierda salvadoreña, esto le permitió viajar a los países
del bloque socialista de Europa y Asia de aquel entonces.

“Matar a un poeta cuando duerme”
Manuel Luna
Martes 01 de Septiembre de 2009 20:45
Dalton, pasó largas temporadas en México e hizo entrañable amistad con escritores e
intelectuales de la talla de Jaime Labastida, Eraclio Zepeda, Thelma Nava, José Emilio
Pacheco, Augusto Monterroso y especialmente con el poeta Efraín Huerta, quien en su poema
"Matar a un poeta cuando duerme", dedicado para esta funesta ocasión, le escribe así: "Le
dispararon aquí mismo mire / Mire y escuche mi sangre. En esta arteria, / de abajo arriba, para
que la bala llegara al cerebro / y deshiciera bruscamente, su genio y su infinito amor. / Los
Chacales Erpianos se habían dicho;/ Que sea cuando este bien dormido. / Los pobres poetas
son muy sensibles /".
Hay testigos claves en este homicidio que actuaron como ejecutores en el juicio de Dalton, uno
de ellos Joaquín Villalobos, quien llegá a ser comandante en jefe de uno de los grupos
armados más experimentados cuando la guerra en El Salvador. A este se le acusa de haber
disparado al poeta a quema ropa, -como era de esperarse- este ya dio su testimonio y se
autoexonero. Los otros viven en Europa escondidos como depredadores de esa historia
abominable de ese grupo guerrillero salvadoreño.
Roque Dalton, revitaliza la literatura salvadoreña, aporta temas poco explorados por otros
escritores salvadoreños de su época y cierra un ciclo para la literatura salvadoreña con un
discurso estético literario-político encarnados en él como una manera de vivir: intensa,
transgresora, apasionada e indócil, hasta en su muerte -como el lo dice.
Al final, dejemos que el poeta Dalton tome el podio, se limpie el polvo de su camisa y lea unos
versos de su poema, premonitorio "Las cicatrices": /... no bastó la persecución redondamente
cruel del enemigo / sino que vino también a hostigarme / la cuchillada del apreciable vecino / la
malanimosidad del amado pariente gris / la prudencia del amigo aceptando que me asesinaran
cuanto antes/...
Bibliografía consultada:
- Recopilación de textos de Roque Dalton, varios autores Edit. Casa de Las Américas, 1980
- Revista Casa de Las Américas Num. 56, 1969
- Diez años de Revolución, el intelectual y la sociedad
- Revista Casa de Las Américas Num. 54, 1969
- Mario Benedetti Una hora con Roque Dalton
- Poemas escogidos de Roque Dalton, Edit. EDUCA
- Mala Memoria, Heberto Padilla Editorial: Plaza & Jane
- En mi jardín pastan los héroes, Heberto Padilla. Edit: Argos-Vergara
- El nombre de este artículo, es el título del poema del poeta Efraín Huerta, de su libro, Circuito
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“Matar a un poeta cuando duerme”
Manuel Luna
Martes 01 de Septiembre de 2009 20:45
interior. Poesía Completa. Fondo de Cultura Económica.
TOMADO DE: http://www.la-ch.com/index.php?view=article&catid=37%3Ageneral&id=1470%3Amatar-a-un-poeta-cuando-duerme&format=pdf&option=com_content&Itemid=55
Heberto Padilla y Alberto Mora
ENFOQUES DE ACTUALIDAD DE LA REVISTA "Siglo XXI", para el jueves 28 de Septiembre del año 2000
El poeta cubano Heberto Padilla ya forma parte del reino de los inmortales. Su obra literaria y su legado político contestatario resonarán siempre en los anales de la batalla de las ideas, frente a los avasalladores de la conciencia humana.
Hace 34 años conocí al escritor Heberto Padilla en un encuentro de disidentes amigos, que tuvo lugar en la casa del Comandante revolucionario y ex Ministro de Comercio Exterior de Cuba, Alberto Mora Becerra. En aquella oportunidad me acompañaban Ramón Calcines, quien en ese entonces era Miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, y con quien trabajé por aquellos tiempos en el Instituto Nacional de Reforma Agraria y, también, Eddie López Castillo, quien era funcionario de la Embajada de Cuba en Moscú.
En esos tiempos nosotros éramos admiradores de las teorías de descentralización financiera y de autogestión y estímulos económicos, que había defendido la Revista "Comercio Exterior", mientras Alberto Mora fue su director. Estos criterios estaban opuestos a las ordenanzas orientadas por Fidel Castro, tendientes a la implantación de una suerte de "verticalismo comunista de guerra contra los rezagos pequeños burgueses en la revolución", de acuerdo a la definición aparecida en un suplemento del boletín "El Militante Comunista", de la época.
Con este tema comenzamos la tertulia de aquel día de mediados de l966 , como recordó el propio Heberto Padilla en un conversatorio que hace unos años sostuvimos con él , en el marco de la Peña del Pensamiento Cubano.
Alberto Mora Becerra y Ramón Calcines Gordillo hablaron apasionadamente en aquella charla de franco pensamiento opositor. Sin embargo, en esa oportunidad Heberto Padilla aportó algunas reflexiones que nos obligaron a todos a adoptar rostros muy severos, o tal vez asustados.
Heberto Padilla dijo que él avizoraba persecuciones brutales, cárceles y hasta la muerte de los que estábamos en aquel debate, porque para Fidel Castro ya nos habíamos convertido en "traidores y en contrarrevolucionarios de la peor especie".
Unos meses mas tarde, Eddie López Castillo y Ricardo Bofill fueron arrestados por el G-2 y acusados de "diversionismo ideológico y propaganda enemiga", y condenados a l2 años de prisión en la causa de la llamada "Microfracción", comenzando así una trayectoria de 2l años de cárceles, persecuciones y asedios, hasta l988 en que salieron de Cuba. Ramón Calcines fue expulsado públicamente del Comité Central y del Partido Comunista, para atravesar un largo calvario de acosos y agresiones que al final le provocaron la muerte.
Más tarde y después de ser víctima de una guerra sucia atroz, Alberto Mora apareció muerto por disparo de arma de fuego en aquella misma residencia. Sin embargo, pienso que la ordalía sufrida por Heberto Padilla fue la peor de las padecidas, por parte de aquellos que desatamos las ansías de venganza de Fidel Castro. Los castristas trataron de borrar el nombre de Padilla de la historia de la cultura cubana. Como es natural, no lo lograron, pero en los intentos torturaron a Heberto Padilla por todos los medios a su alcance.
TOMADO DE: 
http://www.sigloxxi.org/Fisura-II/f2-070.htm

domingo, 14 de octubre de 2012

Agradezco a Marisel Mayor, directora de la Revista Literaria Baquiana el que haya publicado varios poemas míos en el presente número, así como esta entrevista inédita que hace algún tiempo me hizo la profesora Martha GarcíaPueden leer la revista completa aquí:

www.baquiana.com
ENTREVISTA CON LA POETA CUBANA
BELKIS CUZA MALÉ  

por Martha García

    
Belkis Cuza Malé nació en Guantánamo, Cuba (1942). Poeta, periodista y editora. Realizó estudios de literatura en la Universidad de Oriente y luego en la Universidad de La Habana. En 1962, la Universidad de Oriente publicó su primer libro de poemas El viento en la pared. Al año siguiente, quedó finalista del Premio Casa de las Américas con su poemario Tiempos de Sol, editado posteriormente por Ediciones El Puente. En 1964 vuelve a obtener mención en el Premio Casa de las Américas con su poemario Cartas a Ana Frank. Aparte de los libros ya mencionados, ha publicado en poesía: Los alucinados (1963), Las Cuatro Estaciones (2002), Juego de damas (2002), La otra mejilla (2007) y Los poemas de la mujer de Lot (2011). Ha publicado los libros en prosa: Elvis, La tumba sin sosiego o la verdadera historia de Jon Burrows (1994) y En busca de Selena (1997), así como una biografía novelada de Juana Borrero bajo el título El clavel y la rosa (1984). Algunos de sus libros han sido traducidos al inglés por la traductora Pamela Carmell y publicados por la editorial Unicorn Press en Greensboro, North Carolina (1987). A la par de su labor poética y editorial, ha creado una vigorosa obra pictórica. En 1967 se casó con el célebre poeta cubano Heberto Padilla, junto a quien fue encarcelada en 1971 acusada de “escritura subversiva”, en lo que constituyó el llamado “Caso Padilla”. En 1979 sale de Cuba con su hijo pequeño y un año más tarde se radica en Princeton, New Jersey con su esposo, donde en marzo de 1982, fundan la revista literaria Linden Lane Magazine, la cual continúa hasta nuestros días después de treinta años de ininterrumpida existencia. En 1996 fundó la galería de arte y centro cultural denominado La Casa Azul. En la actualidad vive en Fort Worth, Texas, desde donde escribe artículos y críticas literarias para El Nuevo Herald y otros medios de prensa.
     
“Acercarnos a la obra de Belkis Cuza Malé, es estar convidados al Festín de los Dioses sin que nos hayamos lavado las manos. Es cargar con las espurias soledades de la muchedumbre, intentando tocar las multitudes del yo. Y es que Belkis es ángulo fiero, proceloso mar bajo superficie calma.”
Augusto Lemus
La Peregrina Magazine
“En la mejilla de Belkis Cuza Malé.”
(Invierno de 2009)
“La experiencia poética que expresa la obra que Belkis Cuza Malé hoy nos
entrega ha alcanzado la universalidad de la experiencia que todos compartimos:
la experiencia de la palabra. La experiencia extraordinaria que a todos
nos representa, de la creación poética y la evolución espiritual
mediante la escritura y el conocimiento.”
Elena Tamargo
Linden Lane Magazine
Volumen 30, No. 2
“En Belkis Cuza Malé lo sagrado refuerza lo poético”
(Verano de 2011)
Belkis Cuza Malé proyecta en su poesía su profundo conocimiento teológico, religioso y humanista. Su obra se caracteriza por la fe arraigada en un poder superior, y por ende, el Creador como ente supremo, y el poeta como mensajero de esa fe. Sus poemarios relevan su inteligencia y sensibilidad puestas al servicio del lector. Su compromiso con el pueblo cubano en el exilio es patente en sus poemas. Su vida denota las cicatrices del precio que le ha tocado pagar por ser fiel a su visión de una Cuba libre, sin ataduras ni dobleces políticos. En su poesía prevalece el colorido y el paisaje como elementos artísticos que configuran la musicalidad y el emblema de su lírica.


MG: Belkis, ¿cuál es su principal fuente de inspiración cuando escribe poesía?

BCM: Yo creo que mis emociones, eso que me hace reflexionar sobre todo lo que veo y siento. Porque parto de éstas para expresarme y querer decir algo. Considero que todo está conectado a mí, el universo, lo material, y lo espiritual y que soy parte de Dios. Pues Dios mora también en cada uno de nosotros y es la fuerza motora. Aunque soy libre de pensar y sentir como lo hago.

MG: El color azul -símbolo del intelecto y de la modernidad- prevalece en sus poemas. ¿De qué manera lo utiliza para crear arte?

BCM: El azul es para mí el color del alma. ¿Cómo lo sé? Lo presiento, lo recibo así. De ahí que lo utilice mucho en mis pinturas, y además haya nombrado con ese color a mi galería de arte y centro cultural aquí en Fort Worth, Texas. La Casa Azul, no es un edificio azul, es un sitio que vibra con el azul, con el espíritu de belleza y armonía de la cultura cubana.
     He leído en algunos tratados esotéricos que la gente del medioevo pintaba de azul las puertas principales de su casa para alejar al demonio.

MG: ¿Cómo describiría su poemario -del que ya se ha publicado una segunda edición- titulado Juego de damas?

BCM: Es un libro que revela cómo yo veo el mundo, antes y ahora. Porque soy siempre la misma. No es un libro propiamente feminista, pero lo escribí cuando apenas tenía 24 años y puede calificarse de irreverente para la época. Siempre he sido rebelde y siempre me ha gustado decir lo que pienso. No lo definiría como un libro de juventud, porque eso no existe para mí. Es sencillamente un libro, y al igual que El viento en la pared, mi primer libro de poemas, escrito a los 18 y publicado sin aún haber cumplido los 20, los amo por igual.
  
MG: Como cubana en el exilio, ¿qué papel desempeña la poesía como un instrumento artístico de comunicación masiva?

BCM: No creo que ninguno. Salvo una parte muy contada de los seres humanos, la poesía es incomprendida y despreciada. No se publica casi nada nuevo, y la gente tiende a rechazarla. Quizás porque le falta la música, porque no hay suficiente gente culta o porque la incomunicación poeta/lector es una herida que no cierra nunca. Yo abogo por el regreso de los juglares, aquellos famosos trovadores que iban por ahí en la época medieval cantando sus versos.

MG: Como fundadora de Linden Lane Magazine, una revista que se especializa en el análisis de la obra de escritoras latinoamericanas al igual que norteamericanas, ¿se siente usted comprometida con un público implícito en un momento específico? ¿Por qué?

BCM: Yo creo en ''misiones''. En el destino, en cosas que tenemos que hacer y que quizás nunca lleguemos a saber por qué las hacemos. Un día creé Linden Lane Magazine, y casi dos décadas después, La Casa Azul. ¿Por qué lo hice? Creo que porque también necesito sentirme libre para expresarme, y ni la censura en Cuba, ni los intereses de los medios de comunicación aquí me lo permitían. Así que pensé que estando en mi propia casa nadie podría decirme cómo tengo que decir o hacer las cosas. Y porque vi desde que llegué al exilio que esto era un páramo cultural y que los escritores y artistas no tenían dónde publicar o dar a conocer sus obras, a menos que estuviesen bien conectados. El mundo editorial publica mayormente aquello que va a tener "éxito comercial". Yo lo entiendo, no lo critico, sólo que entonces hay que tocar a otras puertas. Y cuando éstas tampoco se abren, como las editoriales universitarias, u otras de menor alcance pero sofisticadas, pues queda el recurso de publicar uno mismo su libro, de convertirse en editor. Creo que es una gran opción. Y la idea me encanta. Virginia Wolf publicó toda su obra de ese modo, dando vida así a Hogarth Press, que también lanzó a T.S. Elliot y a muchos otros de igual importancia.


MG: De las poetas que he entrevistado, usted es la única que ha tenido que vivir en carne propia la experiencia del “preso político” y sus consecuencias posteriores. ¿Cómo ha influido este hecho en su poesía? ¿Qué ventajas le brinda?

BCM: Bueno, esa experiencia es “única” y no se la deseo a nadie. Pero en realidad no puedo catalogarme de “presa política”. Estuve sí presa, incomunicada en los cuarteles de la Seguridad del Estado durante 3 días, y allí sufrí torturas. Y digo torturas porque además de haber sido despojada de mis derechos como ciudadana a solicitar un abogado defensor, no me permitieron tomar unas píldoras que el doctor me había recetado; se me mantuvo todo el tiempo en un cuarto frío con una luz roja encendida todas las noches. El primer día me dejaron en una pequeña habitación muy fría, sin muebles, por lo que permanecí en el piso todo el tiempo. Yo padezco de claustrofobia, así que podrá imaginarse lo que me pasó cuando me vi encerrada allí. Además, está el miedo a lo desconocido, a que me fuesen a condenar a largos años de prisión y mi vida se redujese a todo eso. 
  
MG: En el comienzo de un nuevo milenio donde la tecnología es parte activa de la vida cotidiana ¿cómo le afecta ésta, o no, al poeta contemporáneo? ¿Qué ventajas le brinda? ¿Con qué obstáculos se enfrenta?

BCM: Hace mucho que la tecnología es parte activa de mi vida. Escribo todo en computadora, vivo en la computadora. Diseño Linden Lane Magazine en la computadora, y tengo muy buenos amigos como resultado de mi vinculación con el mundo a través de la tecnología. Además de la Web Site de La Casa Azul, que diseña la poeta y pintora cubana Karin Aldrey, yo tengo en estos momentos varios blogs, que diseñé y mantengo a diario. Todos relacionados con mi obra, y lo demás que hago.
     Yo diría que la tecnología ha cambiado mi vida y mi mundo intelectual. Incluso leo muchos libros directamente en la computadora. Para mí es la gran solución.

MG: ¿Cómo ve usted el <> poético?

BCM: Yo no conozco más <> poético que mis emociones. Yo vivo la poesía, la creo y la disfruto. Eso es todo.

MG: ¿Cómo percibe y plasma en su poesía el <>?

BCM: No soy muy afín a interpretar nada. Yo creo en cosas que a lo mejor la mayoría no cree. Creo en un Dios bueno, que no castiga, creo en las energías, creo que todo es energía, creo en la vida, en la belleza, en la bondad, en la espiritualidad. Somos un espíritu con un cuerpo. Y eso para mí es poesía.

MG: Después de medio siglo en tierras ajenas, existen varias generaciones de cubanos. ¿Qué consejos o sugerencias le daría a esta nueva generación de poetas en el exilio quienes lo han experimentado de una manera muy distinta a la suya?

BCM: Que sean ellos mismos, que lean todo, pero que también se salgan de la poesía y vivan. Que traten de entender qué es verdaderamente poesía y qué es retórica. Que descubran que la poesía es la sencillez.

Belkis Cuza Malé y Heberto Padilla en La Habana.
  
MG: ¿Qué poetas, sean éstos femeninos o masculinos, han influenciado su obra y de qué manera?

BCM: T.S. Elliot, Heberto Padilla, y todos los que siendo grandes han escrito una línea que me ha conmovido.

MG: ¿Cómo logra crear el espacio femenino en su poesía? ¿Cómo lo define? ¿Cómo lo interpreta?

BCM: Yo no pienso en espacio femenino cuando escribo. Pienso en mí, como mujer, como esposa, como viuda, como amante, como madre, como hija, como hermana, como abuela, como bisabuela (que ya soy). Lucho para que la mujer sea. No para que viva a la sombra de nadie más que de ella misma. Pero pienso que la mujer debe complementarse con su pareja. Es triste estar sola, no importa que no necesitemos a los demás para vivir. Dios nos creó como pareja. Y esa ha sido siempre mi ideal, ser yo y ser parte de alguien más, de alguien que ame. Eso es para mí mantener mi espacio femenino. Lo mismo en la poesía. Escribo desde la mujer que soy, desde las muchas mujeres que hay en mí. Me gusta ser mujer y no entiendo cómo se puede ser hombre.

MG: El lugar del poeta en la sociedad siempre ha sido tema de gran controversia. ¿Cómo define usted el rol que desempeña el poeta en la sociedad actual desde un punto de vista universal, sin fronteras?

BCM: Como un juglar, cantando y contando, sobre él y sobre los demás. Sobre lo vivido y lo soñado. Un mago que puede leer nuestra mente y puede recrear el mundo interior. Un poeta es siempre un alquimista. La sociedad lo necesita más de lo que pueda imaginarse. Un mundo sin poetas es un mundo sin niños.

MG: La Biblia constituye para usted un manual de vida y se palpa en sus poemarios. ¿Qué lugar ocupan y cómo logra usted incorporar estos principios teológicos en su poesía?

BCM: Bueno, si, leo la Biblia y la considero un manual para la vida. Ahí esta todo lo que quiero y necesito saber. Esa es la palabra de Dios. Pero no soy muy “religiosa” ni hay teología en mi poesía. Yo pertenezco al “movimiento de la fe”, es decir, creo que la fe mueve todavía montañas y las seguirá moviendo. Creo en la física cuántica, presente en las parábolas de Jesucristo, en sus milagros.

MG: Si tuviera que elegir una palabra que caracterice su obra poética, ¿cuál sería? ¿Por qué?

BCM: Vital. Porque mi poesía me recrea a mí y a la vida.

MG: ¿Cuál es su publicación más reciente?

BCM: El poemario Los poemas de la mujer de Lot.


MG: ¿Cuál es su próximo proyecto?

BCM: Ando siempre con muchos proyectos entre mano. Pero trabajo principalmente en un libro de poemas, Los Salmos de la Reina de Saba. Tengo varios libros inéditos: el poemario La otra mejilla y tres novelas. Pero además, pinto y hago mi magazine.

Hasta aquí hemos conversado con la poeta.
 
 Martha García nació en La Habana, Cuba (1965). Ha residido desde temprana edad en España, Honduras y los Estados Unidos desde 1989. Realizó estudios superiores en Ciencias y Letras. Se graduó con una Licenciatura en Español en 1997 y obtuvo su Maestría en Literatura Española con especialidad en Literatura Medieval en la Universidad Central de la Florida en Orlando, EE.UU. Posteriormente, se doctoró en Literatura Hispánica Siglo de Oro en la Universidad de Vanderbilt en Nashville, Tennessee, EE.UU. (2005). En la actualidad es profesora de la Universidad Central de la Florida en Orlando, Florida, EE.UU. Sus reseñas y artículos aparecen en diferentes revistas  académicas, tales como: Círculo  de  Cultura Panamericano - CCP (Verona, New Jersey), South East Latin Americanist - SELA (Orlando, Florida), Bulletin of the Cervantes Society of America (EE.UU.), Theatralia (España) y Hispanic Outlook in Higher Education (Paramus, New Jersey). De igual forma, participa anualmente en una gran variedad de congresos nacionales e internacionales presentando sus ponencias y trabajos de investigación. Es miembro del Consejo de Redacción de la Revista Literaria Baquiana. Ha publicado el libro La función de los personajes femeninos en Don Quijote de la Mancha y su relevancia en la narrativa (Academia del Hispanismo: España, 2008) y la edición escolástica de la obra teatral de Tirso de Molina El condenado por desconfiado (Juan de la Cuesta, Cervantes & Co., Spanish Classics: Newark, Delaware, U.S.A., 2010).

jueves, 27 de septiembre de 2012

¿José Antonio Portuondo o Leopoldo Ávila?

| Por Luis Cino Álvarez
LA HABANA, Cuba, septiembre, www.cubanet.org -A juzgar por recientes revelaciones en medios académicos, José Antonio Portuondo (1911-1996), un intelectual orgánico del régimen revolucionario, se fue de este mundo con más culpas a cuestas de las que realmente le correspondían.
Parece ser que no fue Portuondo, como se sospechó durante décadas, el hombre que con el seudónimo de  Leopoldo Ávila  firmaba los vitriólicos artículos que aparecieron entre 1968 y 1971 en la revista Verde Olivo, órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y que preludiaron  el decenio gris, sino el teniente Luis Pavón Tamayo.
Lo que hizo Portuondo fue reforzarle la pluma al teniente Pavón. Como las pretensiones literarias de Pavón, un oscuro burócrata militar designado como rancheador de intelectuales díscolos, no daban para tanto,  a Portuondo le asignaron la tarea de darle una mano  a la hora de redactar artículos  contra Heberto Padilla, Antón Arrufat, Pablo Armando Fernández y otros escritores.
Por aquella época, Portuondo, que era un seguidor a ultranza del marxismo-leninismo-stalinista desde los tiempos del Partido Socialista Popular (PSP),  ejercía con entusiasmo su papel de comisario en la domesticación y sojuzgamiento de los intelectuales y la implantación del realismo socialista en la cultura nacional.
Baste recordar sus ataques a Ciclón y Lunes de Revolución,  su polémica con José Soler Puig a propósito de la novela de la revolución o sus comentarios retrógrados sobre el Salón de Mayo, en 1967,  sobre el cual dijo que era “una de las muestras de cómo todavía no podíamos librarnos por entero de cierto sentido de neocolonialismo intelectual”.
Para el dogmático Portuondo, lo que denominaba  “arte burgués contemporáneo”, o sea, todo lo que quedara fuera del más puro realismo socialista, era esnobismo, basura, chatarra.
A  Portuondo, que era director del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias, se le achaca que por motivos políticos omitieran a importantes escritores  del Diccionario de la Literatura Cubana, publicado por la Editorial Letras Cubanas en 1980. Resulta escandaloso constatar que en dicho diccionario faltan, entre otros, los nombres de Guillermo Cabrera Infante, Gastón Baquero, Lino Novás Calvo y Carlos Montenegro, mientras que ciertos autores incluidos, como Jorge Mañach aparecen con el calificativo-coletilla  de “contrarrevolucionarios”.
No era Portuondo quien tomaba esas decisiones, aseguró  el año pasado a la revista La Gaceta de Cuba, en el número dedicado al centenario de Portuondo, su discípulo y amigo, el ensayista  Miguel Ángel Botalín.
Según Botalín, Portuondo “fue siempre muy disciplinado, al Partido, a las autoridades, a los superiores, y no siempre se puede ser tan disciplinado…No aprendió a decir que no. Abusaron de él…Le han echado culpas que no tiene”.
Lo que Botalín no se atreve a decir a las claras, es fácil inferirlo. Demasiado obediente, Portuondo  cedió totalmente su autonomía intelectual para supeditarse  al papel de  teórico y burócrata cultural del castrismo. Esa es su principal  culpa. Y también su expiación, porque es un  papel muy triste.
En cuanto a las otras culpabilidades que le adjudican, tampoco le son ajenas, por su complicidad en la represión a los intelectuales. Así que costará trabajo convencer a muchos  de que José Antonio Portuondo y Leopoldo Ávila no eran un mismo autor. ¡Pensaban tan parecido!
luicino2004@yahoo.com
EXTRAÍDO DE: http://www.cubanet.org/articulos/%C2%BFjose-antonio-portuondo-o-leopoldo-avila/

lunes, 24 de septiembre de 2012


Hace doce años hoy que Heberto Padilla partió.  Este es un capítulo de mi libro inédito La buena memoria, y con su publicación aquí quiero dar testimonio de lo que recuerdo y de aquellos años traumáticos.  También intento así rendir homenaje a la memoria de nuestro amigo el comandate Alberto Mora, quien apoyó a Heberto siempre, aún a costa de arriesgar su vida enfrentándose a Fidel Castro.
Alberto Mora, comandante de la Revolución y ex Ministro de Comercio Exterior, se suicidó el 13 de septiembre de 1972.  Esta es la única foto que he encontrado de Alberto en el internet, y no es la imagen del que conocí a finales de los sesenta. Aparece aquí en un desfile de los primeros días de 1959, entre el Ché Guevara y el capitán Antonio Núñez Jiménez. Incluso al extremo derecho está el comandante William Morgan, fusilado poco después por la Revolución. La otra foto es la sede de la UNEAC, donde yo trabajaba en la redacción de La Gaceta de Cuba, y donde vi por última vez a Alberto el día de su suicidio.
 
http://1.bp.blogspot.com/-ggOF57dJ6Fo/UF_-Frh0M9I/AAAAAAAAA60/tpBQTFefsNw/s1600/Heberto+en+el+apartamento+de+la+calle+O.jpg
 LOCURA Y MUERTE EN LA HABANA
Belkis Cuza Malé
     Todavía no hemos podido sobreponernos; la atmósfera de esta casa encierra ahora una humedad desacostumbrada, un vaho a flores marchitas, a cera quemada, a incienso esparcido en el aire de las noches calurosas. Sobre mi mesa de mármol, en el centro de la sala, permanece aún fresco ese ramo de mirto o muralla que alguien me recomendase como lo mejor para ahuyentar los malos espíritus, y el silencio es nuevo, aunque María nos mire a hurtadillas desde su locura... 
        Hay paz, sin embargo, porque la ha impuesto la muerte con sus herramientas, y porque la búsqueda de la verdad se ha dejado ganar por lo irremediable. ¿Qué importan las razones?, me digo a mi misma como para calmar la inquietud de no saber qué ha sucedido.
http://1.bp.blogspot.com/-j4we_lf-h5A/UF_9BFmwUfI/AAAAAAAAA6s/QWrBBgiZDY8/s1600/ALBERTO+MORA.jpg    Por un rato al menos, María Molina, la sirvienta loca, ha dejado de oir los ruidos de todos los días; ni ayer ni hoy  nos ha atormentado con las historias de que allí mismo, frente a nuestro edificio, están cavando una tumba para su hermana muerta. Se encierra más a menudo en su cuartico junto a la cocina, como si pareciese querer dejarnos en paz, a solas con esta nueva tristeza. Por lo pronto, tan extraño como parezca, nos sirve de consuelo saber que la muerte real se ha sobrepuesto a la locura, a sus voces. 
        Pobre María, ha hecho un nidal de ese cuarto. Cuando la contratamos en una agencia clandestina de empleo (porque hace más de una década que dejaron de existir legalmente), no demoró en aparecer. La vimos bajar rauda de un automóvil de alquiler, repleta de equipaje y cajas de cartón.  Fue estricta en su primer saludo, pero viviendo en los tiempos en que vivimos, no me extrañó que una pobre mujer desamparada quisiera aparentar las maneras antiguas de una criada. No abundan las casas habaneras que puedan y quieran ofrecerle una habitación con baño privado, una mensualidad (aunque muy pobre), y el derecho a incorporarse a la libreta de abastecimientos de los dueños de la casa.
        La situación era casi inusitada, como lo fue el hecho mismo de que una amiga me recomendase a la dueña de la agencia de empleos, que se las arreglaba como podía  para buscarle acomodo a sus escasos clientes.
        María, creíamos nosotros, iba a solucionarnos un gran problema doméstico mientras esperábamos el nacimiento del niño, y preferimos sacrificar nuestra pobre economía y ofrecerle un cuarto a la desamparada señora, sin familia ni vivienda. Eso era todo lo que sabíamos de ella, que se trataba de una desamparada, una mujer que rebazaba los cincuenta, sin familia ni vivienda  y con una necesidad urgente de que alguien la incluyera en su libreta de abastecimiento.
        Desde el primer momento supe, sin embargo, que habíamos cometido un grave error.  María --como comprobamos después con la señora de la agencia de empleos-- estaba loca, loca de remate, y en numerosas oportunidades había sido internada en el hospital de Mazorra.  A la mujer de la agencia no le quedó más remedio que decirnos la verdad, aunque añadió la pobre excusa de que en sus momentos de lucidez, María era útil en una casa y digna de los mayores elogios, pues limpiaba y cocinaba bien.
        El error más grave había sio incorporarla a la libreta de abastecimientos, porque en contra de su voluntad no podíamos darle de baja en las oficinas de la OFICODA (*) y permanecería en nuestra casa hasta que ella lo decidiera.
        No puedo evitarlo, le tengo miedo a María, a su mutismo; no sé cuándo dejará de ser ella para prorrumpir en sollozos, o correr hacia mí gritándome que cesen los ruidos, que no puede más. Pero a pesar de todo esto, cocinar y limpiar parecen servirle de tearapia. Entro y salgo de la casa, voy al trabajo o a la universidad y noto que está largos períodos encerrada en su cuarto, escribiendo esas monstruosas cartas que hablan de camiones herméticamente cerrados que recorren la ciudad, dice, con su trasiego de carne humana, mujeres que la policía se encarga de echar mano en cualquier esquina, con el propósito de engrosar el abastecimiento de carne para la población.  Prostitutas, repite sin parar. Y sus cartas están dirigidas a Fidel; le escribe decenas a la semana y las guarda con mucho celo debajo de su almohada, pero nosotros, en sus brevísimas ausencias a la bodega que está al lado de nuestro edificio, las leemos, con un interés creciente, como si se trataran de nuevos capítulos de una historia de terror, incapaces de sustraernos a sus obsesiones.
        De noche nos encerramos con llave en nuestras habitaciones, temerosos de que la locura le asalte en medio de la madrugada. Y aunque parece fingir no darse cuenta de nuestro miedo, quién sabe cuántas esquizofrénicas inquietudes esconde tras su dura mirada.  No nos da reposo, sin embargo, nos mira siempre como un cazador furtivo, aunque sigue cumpliendo a cabalidad con sus obligaciones y guarda un horario inflexible para todo.
http://2.bp.blogspot.com/-PaQEkJPlAKY/UF_-OO0acXI/AAAAAAAAA68/gScE76P61Qs/s1600/UNEAC.jpg        Hace un tiempo logramos que nos hablara de sus otras colocaciones. Fue a raíz de encontrarse un libro de Alejo Carpentier, mientras sacudía uno de los estantes. Se le quedó mirando durante unos segundos, como tratando de recordar, hasta que sin mucho interés contó que había trabajado hacía años en casa del novelista, en una época, añadió, en que él vivía con su madre, una señora rusa que tocaba el piano y daba clases de francés. Una señora muy fina, apuntó, como si de pronto se le hubiera iluminado la mente y trasladado a aquella época y la estuviera mirando. Se había quedado como ausente en el recuerdo.
        Fue María la que respondió a mis preguntas, cuando de regreso esa mañana de la universidad, noté aquellas tres tazas con restos de café que permanecían sobre el   aparador del comedor.
        "Es que estuvieron aquí unos amigos de su esposo, por lo del accidente del señor Alberto. Dice su esposo que llame a Maruja".
        No había cautela en su modo de darme la noticia, ni pretendía evitarme el susto. Accidente era la palabra que mejor describía una situación real con la que ella había estado siempre tan familiarizada. Pero todo el mundo actuaba como María a la hora de la verdad. Maruja no fue más explícita al inicio de nuestra conversación, y sólo cuando insistí supe qué significaba esa palabra, accidente.  Y la verdad es siempre como en las novelas, un golpe seco.
        Alberto Mora, de súbito, estaba muerto. Heberto se había marchado a la funeraria y yo quedaba en libertad de llegarme hasta allá o aguardar en casa.
        En el trayecto hacia la funeraria Rivero traté de poner mis pensamientos en claro. ¿Es que como en las novelas de terror aún no había despertado del sueño?  Claro que sí, sólo que ahora iba uniendo los pedazos de ese rompecabezas que la muerte había dislocado de un manotazo.
        Estaba allí, dentro de aquel sarcófago horrible, y un mechón de pelo sobresalía por afuera de la tapa; yo sólo atinaba a ver el mechón negro y lacio que tantas veces se alisara en un movimiento que se había convertido casi en manía.
            Un hombre me perseguía en aquel sueño de la noche de la tormenta. Rápídamente me metí a la trastienda de un pequeño negocio y allí estaba el sarcófago del que salía aquel mechón de pelo lacio y negro. Al otro día por la mañana supe que esa noche Alberto se había suicidado.        
        A pesar del balazo no estaba deformado. En medio del horror del que aún no habíamos podido desprendernos, comprobé lo que ya yo sabía por mi sueño.
        Alberto había llegado aquella tarde de lluvia torrencial hasta la UNEAC (** ) para devolverme Islas en el Golfo, la novela de Hemingway que yo habìa pedido prestada a la biblioteca. Hacía más de un mes que la había sacado porque Heberto quería leerla, pero luego se la había pasado a Alberto y éste a un amigo. La lectura del libro póstumo de Hemingway pareció afectarlo, y su obsesión lo trajo dos o tres veces a casa para comentar con Heberto los planteamientos de Hemingway: discutía con acaloramiento todas las proposiciones del viejo escritor en torno a la muerte y las distintas formas de suicidio.  Quería una y otra vez que Heberto compartiera sus puntos de vista: la mejor forma de matarse era de un tiro en el cielo de la boca. Pero Heberto no acertaba a darse cuenta entonces de las verdaderas intenciones de su amigo.
        Tiempo atrás había aparecido por casa con un nuevo libro, la edición de Barral del I Ching: quería que probásemos suerte, y él mismo se encargó de interrogar al célebre libro. No fue una sorpresa para mí que nuestro destino --el mío y el de Heberto--  fuera el mismo, me parecía lógico.  Pero me sobrecogió de manera especial la respuesta que obtuvo Alberto, porque sin que él precisara, aquel código extraño apuntaba hacia lo peor.
        Sonrió restándole importancia al hecho y no vaciló días más tarde  --la noche de su cumpleaños-- y en su recién estrenada casa, en leerle el destino a cada uno de los presentes y de repetir hasta el cansancio aquel cuento-adivinanza que era a su vez un test de personalidad. Al final de la historia y de salvar muchos obstáculos, había que decidir qué actitud tomar ante un muro que impedía continuar la marcha. Casi todos los presentes aquella noche escogieron regresar. Pero Alberto decidió saltar el muro.
        En la casa todos oyeron el disparo.  La abuela dijo que fue como si cayera al suelo un escaparate. La puerta estaba cerrada por dentro con llave, y Liuba, la hija mayor, dijo que ella podría abrirla con la punta de una tijera. Eran las 8 y 30 de la noche, y desde por la tarde había estado lloviendo sin parar.
        Abrí la puerta de mi apartamento, y lo vi de pie junto al marco: llevaba un pantalón a cuadritos color café y la camisa de hilo blanco. Le oi decir junto al ramo de muralla del centro de la sala, que esa misma tarde me devolvería el libro de Hemingway.
        ¨Yo creo que no nos vamos a ver más¨, le dije y la primer sorprendida fui yo, quizás no quise decir eso, pero fue lo que dije y me turbé, pues me parecieron palabras absurdas, sin sentido. "¿Por qué dices eso? --fue su respuesta. Esta misma tarde te llevo el libro a la Unión de Escritores, lo prometo".
            No le creí hasta que lo vi llegar horas después bajo el terrible aguacero. A pesar de la gripe y la fiebre, quiso cumplir su palabra. Fui, sin sospecharlo, de las últimas personas en verlo con vida.
            Lo acompañé hasta el vestíbulo de la UNEAC, y ya en el portal inundado, tras rechazar mi ofrecimiento de unos periódicos para que al menos se cubriera un poco de la lluvia, desapareció ante mis ojos asombrados, como si aquella densa capa de agua se lo hubiera tragado. Su amigo Benigno Regueira, me había dicho, lo había traido en su automovil y lo estaba esperando afuera.
            Por la noche, cuando Heberto y yo regresamos del Parque Almendares, a donde habíamos ido con una vecina tras cesar la lluvia, quise llamar a su casa para preguntar si aquella imprudente empapada no habìa afectado aún más su gripe, pero nuestro teléfono, afectado por la tormenta, había dejado de funcionar. Miré entonces al reloj y también se habìa detenido a las 8 de la noche.
            Cuando esa mañana regresé temprano de la universidad, María me contó que había habido visita... Todavía cierro los ojos y veo las tazas abandonadas con restos de café. Alejandro, el policía encargado de vigilarnos, y otro, que no sé quién es, habían venido a informar a Heberto de la muerte de su amigo y de paso a intentar saber más.
       "¿Qué les parece? Me voy a casar con Sylvian. Díganme lo que piensan".  Le estaba preguntando la opinión a los amigos, pero yo detestaba que qusiera saber la mía sobre algo tan personal, como era su relación con Sylvian, una francesita aplatanada, a quien conocía poco.
           Alberto sobresalía del contexto.  Era inteligente y generoso, de una amistad a toda prueba. Culto, en medio de un mundo como el suyo (un comandante, el más joven quizás de la Revolución, ex ministro de Comercio Exterior), aunque sin embargo padecía de un fuerte desasosiego, sólo evidente para sus más ìntimos.  Golpe tras golpe había resistido con valor mucho más de lo que se sabía. Primero la muerte del padre, aquel legendario Menelao Mora, ex dirigente de los Ómnibus Aliados, quien con un grupo de hombres --entre los que estaba el propio Alberto, entonces un joven de 17 años-- había asaltado el Palacio Presidencial, donde vivía el dictador Batista. Luego, la enfermedad de la madre; el nacimiento de su hija más pequeña con una deformación en el labio, su matrimonio con la francesita, que pareció no tardar en caer en crisis... Y en medio del desencanto creciente ante la vida, había perdido la fe en la Revolución y Fidel Castro, aunque le oíamos insisitir en que tarde o temprano todo se arreglaría.
        Del libro Fuera del juego, el primero de los amigos de Heberto en leerlo, le oí decir con franco entusiasmo: "Este libro va a hacer historia". Creyó en la amistad, por eso no vaciló en apoyar a Heberto, su amigo, a raíz de nuestra detención, lo que le valió también a él un destino inusitado: Fidel Castro lo mandaría a detener, aunque luego de visitarlo en la celda lo pondría en libertad.
        Todavía con Heberto detenido en la Seguridad del Estado, Alberto y yo nos aparecimos en el anfiteatro de la Universidad de La Habana donde el canciller Raúl Roa iba a pronunciar un discurso que, aunque de soslayo, estaba relacionado con los últimos acontecimientos alrededor de Heberto.  A cada instante aquella multitud compuesta por alumnos y funcionarios interrumpía al retórico Roa y prorrumpía en aplausos, de pie, para darle más énfasis a sus palabras. Le oi hablar de los intelectuales plumíferos, y de no sé cuántos otros torpes epítetos para referirse, sin decirlo, a Heberto.  Pero ni Alberto ni yo nos levantábamos de nuestros asientos, ni aplaudíamos al canciller. Al final del discurso, Alberto se acercó a Roa y le entregó una carta, con el ruego de que se la hiciera llegar a Fidel Castro. No supe su contenido, pero se trataba de una protesta contra la detención de su amigo, y su opinión sobre la situación.  Al otro día estaba preso en Villa Marista.
           Alberto Mora, en perpetua desgracia, ex comandante de la Revolución castrista, era un escritor frustado (estoy segura), que amaba la música, que no tenía reparos en exhibir en su casa aquel enorme e impresionante afiche de Jimi Hendrix, muerto por una sobredosis de drogas, ni en comprar en sus viajes al extranjero toda la música de los Beatles. Se empeñó en hacer revolución junto a su padre, y tuvo la suerte de salir con vida del asalto al Palacio Presidencial. Quiso ser un rebelde, cuando hubiera dado su vida por  ser un creador, un artista.
        Ayer hizo nueve días que lo enterraron. No fui al cementerio porque me sentía muy triste y me parecían demasiadas emociones para mí, con mis seis meses de gestación.  A su regreso, Heberto me contó que vio allí a Orlando Alomá con aquel ejemplar del libro de Hemingway debajo del brazo.  Pienso que si Alberto Mora no lo hubiese leido no habrìa escogido el camino de la autodestrucción. Pero otras cosas pesaron mucho en su decisión. La traición, las mentiras, habían acelerado ante sus ojos la caida del altar donde durante años había puesto a Fidel Castro y la Revoluciòn.  Ya no creyó más en esa "rehabilitación política" que tiempos atrás era su tabla de salvación, pues no se cansaba de repetir que tarde o temprano llegaría.  Pero  el Plan de Plátanos del Wajay, a donde el propio Fidel Castro lo había enviado para que se rehabilitara, no era otra cosa que un nuevo castigo, una cárcel.
        Ayer sonó el teléfono, mientras yo descansaba antes de irme a trabajar a la UNEAC. Era su voz ahogada, lejana, y ese ¨oye¨, ahora de ultratumba, conque solía presentarse cuando hablaba a casa. Sólo alcancé a escucharle decir balbuceante que iba para el Wajay, mientras repetía aquel Wajay como un tartamudo. Aterrada, le pasé el teléfono a Heberto, pero la comunicación había cesado.
        Me cuesta trabajo reconocer que locos como María puede que entiendan mejor los planos de vida y muerte en que nos movemos. A su modo parecería no faltarle razón y no cesa de escribir cartas cada día más extensas, denunciando quizás esta vez que están cavando una tumba para nuestro amigo, el comandante Alberto Mora.