DESCRIPCIÓN DEL BLOG:

Es un blog literario dedicado íntegramante a destacar la figura de Heberto Padilla, escritor, poeta y hombre de pensamiento dentro del marco de las letras cubanas, así como, develar la génesis y las consecuencias dentro de la cultura hispana y universal del llamado Caso Padilla. Es nuestra intención acopiar documentos éditos e inéditos sobre el particular a modo de esclarecer las circunstancias que rodearon este momentum histórico y preservarlo como legado a las generaciones más jóvenes de escritores, poetas y artistas cubanos e hispanohablantes en general.

martes, 25 de marzo de 2014


 
 
 EN LA FOTO EL PINTOR CARLOS LUNA JUNTO AL POETA HEBERTO PADILLA EN 1996
 
Prólogo
        
     Heberto Padilla
 
     Gertrudis Gómez de Avellaneda ha arrastrado siempre una leyenda negra. Los autores cubanos que se han referido a ella han partido de la admiración o la repulsa; raramente han optado por la serenidad del juicio. Las más de las veces estas opiniones provienen de otras, están viciadas por comentarios anteriores; se podría afirmar que ninguna arranca de una lectura atenta de su obra ni un recorrido exhaustivo de su vida.
    Teniendo en cuenta estos antecedentes parecería difícil el escribir una biografía equidistante entre la adhesión indiscriminada y el rechazo total. Sin embargo --tal vez por eso--, Belkis Cuza Malé, la autora de Vida de Tula, se ha acercado a la Avellaneda con la más sencilla naturalidad y ha estudiado a esta cubana en entredicho como un fenómeno de existencia natural.
    No se encontrarán aquí ni la pasión desmesurada por su vida, ni el odio apasionado por su obra, ni el desdén --cualquiera que fuese su fundamento-- hacia su persona. Ni la efusión ni el denuesto, que parecerían que fueran los polos a que se han adscritos estudiosos y lectores.  A la biógrafa le interesa el hecho de que Gertrudis Gómez de Avellaneda es un momento de la cultura hispánica, algo que le ocurrió al español del siglo pasado, a su literatura, cualquiera que sea su valor a nuestros ojos. Llenó una época. Que esa época no poseyera la agudeza crítica de que hoy creemos disponer para juzgarla, es menos importante que el hecho mismo de que el gusto de sus contemporáneos la tildasen de impar, de que el nombre de la Avellaneda fuese igualado al de las cumbres de la literatura de nuestra lengua.
    En 1914, a cien años de su nacimiento, Enrique José Varona, tan poco dado a este género de exaltaciones, hombre ático en nuestras letras si los hay, no escatima un elogio que parece lindar con el ditirambo. Y no señalo a Varoña como argumento irrebatible de autoridad, sino como síntoma significativo de que todavía a principios de siglo un hombre cuya filosofía era el positivismo y cuyas pasiones sin duda la literatura clásica, se sintiese deslumbrado por la obra dramática y poética de la Avellaneda.
    Schücking, a quien la autora cita en más de una ocasión en esta biografía, ha hecho el primer intento serio del estudio sociológico del gusto literario. Ahí se explica el fenómeno del arte de ciertas modas artísticas, de los móviles que otorgan sus predilecciones y desdenes a determinada corriente de la literatura. La autora de este libro pertenece a la última promoción de escritores cubanos y como todo el que se inicia en la literatura, sus juicios y sus trabajos tienen mucho de tanteo; pero también siente la tentación de repensar nuestro pasado. Uno de los grandes defectos de las letras hispánicas es que vive en exceso de su actualidad, de lo cual, precisamente, se quejaba Luis Cernuda. La actualidad --entre nosotros-- devora la obra presente y la pasada; es una suerte de cartabón feroz por el que se rigen los entusiasmos culturales. Ahora bien, si todo intento de renovación literaria aparece bajo especie de ruptura, no es menos cierto que toda ruptura, en cualquier arte, es continuidad, tradición, y todo lo que no es tradición, como se ha dicho ya, es, desde luego, plagio. ¿Qué logramos con desentendernos de nuestro pasado?  ¿Qué logramos con negar nuestros valores por el simple hecho de que no ejercen influencia inmmediata y visible? El mejor discípulo de Martí no escribiría como él --y hablo precisamente de un escritor siempre vivo, cuyo ejemplo y capacidad de incitación y permanencia a todos nos gustaría heredar y disfrutar--;  pero su discípulo mejor sería aquel que -- no me gustaría decir sustituyese; pero de algún modo lo hiciera, su gran voz expansiva y elocuente que fue el sello más difícil y ambicioso de su tiempo, por todo lo contrario: la economía de medios, la precisión, la sencillez, la riqueza sin énfasis que caracteriza al nuestro.
    La Avellaneda, que no tuvo el genio de Martí, ejerció su influencia, su ejemplaridad, de muy distinto modo. Si se leen crónicas, comentarios, ensayos y estudios de su época, la veremos calificada de excelsa, de inimitable, de genial. Años después, su nombre deja de interesar en la misma medida. Su teatro, su poesía, su prosa, aparecen cada vez más ajenos a nuestra  manera actual.  En ella están --en forma demasiado visible-- los vicios de su época, de su escuela romántica. Se elogia más su maestría formal que el valor intrínseco de sus poemas, más su habilidad  que su verdad personal, más su frivolidad aparente que su dramatismo esencial.
    Menos que su literatura ha interesado su vida, tal vez casi nada. Ella es la poetisa de "Al partir", de viejos libros escolares; pero su obra poética, después de la edición del centenario (1914) no ha sido reeditada en Cuba, su teatro ha sido apenas leído y mucho menos estudiada la notable influencia que ejercen sus comedias en el teatro bufo cubano. Sus prosas y sus textos (su correspondencia, toda ella tan significativa) apenas ha sido tomada en cuenta, porque la leyenda negra de cubana en entredicho gravitó de tal modo sobre ella, que casi la anuló. La Avellaneda era la españolizante, el éxito foráneo, el desarraigo, el desamor a Cuba. Nadie se preocupó por el hecho de que muriese cinco años después de iniciado el primer movimiento coherente de emancipación nacional, el 10 de octubre de 1868, de que incluso en esos cinco años no escribió una sola línea, enferma, recluida en sus habitaciones privadas; nadie tampoco ha leído sus cartas donde afirma insistentemente su condición de cubana, como la dirigida al Conde de Pozos Dulces, uno de los textos más apasionantes e inteligentes, no ya de nuestras letras sino de la literatura del continente, pues en ella la Avellaneda señala las diferencias que empezaban a existir entre la que ella calificaba de naciente literatura americana (con cuyos autores se inscribe sin concesiones de ninguna índole) y la vieja y sabia literatura de la península.
    Recientemente el Consejo Nacional de Cultura ha editado su novela  Sad, su Teatro (incluye sus mejores obras), y en una edición aparte, su Baltasar. Se ha publicado también su correspondencia y autobiografía (edición de Huelva, 1907) y Teatro Estudio ha puesto en escena su comedia El millonario  y la maleta.  Por otra parte hay planes para solicitar al gobierno español el traslado de los restos de Gertrudis Gómez de Avellaneda.
     Vida de Tula,, la biografía escrita por Belkis Cuza Malé, es una contribución más a la recordación de esta figura. Su texto no se inscribe en ninguna corriente  historiográfica, no está apoyado por ningún sistema o escuela de Historia. Durante varios años, Belkis ha estudiado la vida y la obra de la Avellaneda. No fue una vida cargada de peripecias excepcionales que justifiquen el estudio acucioso de un período. Fue una cubana sin historia a quien la leyenda negra ha agregado toda suerte de historias que han pretendido,  como suele ocurrir en tales casos, dar una aureola erótica a la actividad social de una mujer. Cuando se sigue su vida, paso a paso, se verá qué errática es esta suposición, qué ingenuas resultan estas suspicacias. La Avellaneda no pudo escapar a su siglo. Fue su expresión y su víctima. Ella ilustra el siglo XIX de la mujer cubana, con todas sus grandezas y servidumbres.
    Belkis ha intentado reconstruir con sencillez, pero con absoluta fidelidad, todas las incidencias de su vida personal. Incluso los menores detalles de atmósfera, que a veces pudieran darle un aspecto novelesco a estas páginas, han sido escritos sobre un cotejo minucioso de documentos de la época; pero evitando siempre la erudicción excesiva, las citas constantes, la insistente información sobre fuentes y referencias que puedan fatigar al léctor; porque este libro va dirigido a ese lector sin el cual no sería posible ninguna escritura y que, no sé por qué causa, siento ya que espera que le hablemos así.
                                                                    
                                                                                    La Habana, 1967
 

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