DESCRIPCIÓN DEL BLOG:

Es un blog literario dedicado íntegramante a destacar la figura de Heberto Padilla, escritor, poeta y hombre de pensamiento dentro del marco de las letras cubanas, así como, develar la génesis y las consecuencias dentro de la cultura hispana y universal del llamado Caso Padilla. Es nuestra intención acopiar documentos éditos e inéditos sobre el particular a modo de esclarecer las circunstancias que rodearon este momentum histórico y preservarlo como legado a las generaciones más jóvenes de escritores, poetas y artistas cubanos e hispanohablantes en general.

sábado, 24 de julio de 2010

Que treinta años no son nada. By: Belkis Cuza Malé Tomado de su blog http://belkiscuzamale.blogspot.com/

Que treinta años no son nada

Belkis Cuza Malé



El traje blanco sobre la cama; el refajo también blanco, regalo de Nina, la polaca del segundo piso; las sandalias transparentes, otro regalo de alguien; el bolso gris, espacioso, donde cabría lo que se podía llevar. El maletín con la única ropa permitida: tres mudas para mí y tres para mi hijo Ernesto.. Y aquellos poemas mecanografiados en papel gaceta, que eran toda mi fortuna (o mi desgracia, si se le antojaba al aduanero). Ni un centavo, ni un dollar para el viaje, pues entonces el que se marchaba debía hacerlo tan desnudo como había venido al mundo.
Domingo 29 de abril de 1979. No sé cómo habían logrado llegar al aeropuerto, pero allí estaban algunos de mis amigos, entre ellos José Cid y Carlos Verdecia, César López, Pablo Armando Fernández y otros que confundo entre el humo de la memoria, como a Miguel Barnet. Era una despedida. Todos sabíamos que no iba a regresar. Nadie lloró, ni siquiera yo, cuando abracé a mi hija de trece años que se quedaba en tierra, ni a Heberto Padilla, mi marido. Yo les había prometido que iba a remover cielo y tierra para sacarlos de la Isla, y mi viaje tenía también ese halo esperanzador, dentro de la tristeza propia de estas despedidas donde se abandonaba familia, amigos, hogar, patria, y el alma queda prendida de un hilo.
Días antes, el director de Inmigración, un joven militar con altos grados, me había citado a su oficina para coordinar los detalles de mi salida. Se movía alegre e inquieto por el despacho y finalmente fue a sentarse en una esquina de su buró, mientras me decía sonriente: ^Bueno, ¿por dónde te quieres ir, y cuándo?^: Yo casi que no podía creerlo. Durante meses había ido regularmente a Inmigración en busca de un permiso para visitar a mi madre, enferma en Miami. Algo que los burócratas y policías que controlan vida y milagro de los cubanos, no lograban entender, pero como insistía continuaban dándome falsas esperanzas. Hasta que Fidel Castro autorizó mi salida, y entonces todo cambió por arte de magia. Historia que no voy a contar aquí, pues merecería capítulo aparte.
No sólo se me abrieron las puertas de salida, sino las de la oficina del más alto funcionario de Inmigración, ahora todo halagos y consideraciones, ante la incredulidad de aquel otro vestido también de uniforme, y al que ya conocía por mis múltiples gestiones y anteriores visitas al lugar. Sentado frente a una máquina de escribir, y mientras me llenaba los documentos pertinentes, le oí el insulto "más hermoso" que he recibido en mi vida: ¨Aquí venía una periodista loca que quería un permiso para visitar a su madre en Miami^. Me rei por dentro, pero no dije nada. Aquello era casi un elogio a mi tenacidad.

Cuando el viejo Brittania de Cubana de Aviación descendió una hora después en Kingston, yo creía haber vuelto a Cuba y estar en Santiago, pues sus montañas así me lo sugerían. Sentados en los salones de espera por el avión que nos llevaría a Miami, mi hijo Ernesto, entonces con seis años, me pidió que le comprara una de aquellas barras de chocolate que veía en la tienda de enfrente, y que aunque nunca las había comido, sospechaba deberían saber a gloria. Le expliqué que no tenía dinero alguno, pero él no dejaba de insistir, y yo, entre apenada y triste, de intentar convencerlo. Hasta que una voz se alzò por encima de la de Ernesto y con ésta, el milagro solidario: "No se preocupe, aquí tiene para que le compre varios chocolates al niño", mientras me entregaba cinco dólares recogidos al momento entre un grupo de cubanos que entonces esperaban también el cambio de aviones hacia Miami. Eran parte de esos primeros vuelos de la comunidad cubana que visitaban a sus familiares en Cuba. Entre la multitud, otros tomarían el avión hacia la Isla y era óbvio que estaban vestidos con varias ropas, una encima de las otras, a fin de burlar los requisitos de peso que exigìa la aduana en Cuba.
Horas más tarde, y mientras despegábamos rumbo a Miami en el vuelo de Air Jamaica, Ernesto me comentó con complacencia y sabiduría: ¨Esto sí es un avión¨. El recién saboreado chocolate y el nuevo avión le habían devuelto la alegría que la despedida y el nerviosismo de los últimos días habían ahuyentado.
Casi una hora después, descendíamos sobre un Miami luminoso, que la noche se había encargado de transformar, del mismo modo en que mi vida y la Heberto Padilla, sin patria, pero sin amos, como decìa Martí, ya no serían las mismas.
Miro ahora hacia atrás, sin rencor, y me pregunto, parodiando a Gardel, si treinta años no fueron nada o sólo el comienzo de nuestro verdadero destino, con una nueva patria y aquella desazón de saber que siempre hemos vivido en Cuba, como diría Heberto en su poema.

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Wednesday, April 08, 2009

Flor para un cake de cumpleaños


Visite mi blog www.belkiscubanparadiseart.blogspot.com

Sunday, March 22, 2009


The Way We Were: Eramos tan felices...

(A 38 años del Caso Padilla)

Belkis Cuza Malé


Boceto de Juana Borrero (1877-1896) para el cuadro ¨Nacimiento de Venus¨

Como vivo en un presente eterno, olvido contar los años. Pero alguien me habló esta mañana del Caso Padilla y de pronto recordé. SÍ, han pasado 38 años.
Entonces fui y busqué una foto de Heberto Padilla, una de ésas--creo que del fotógrafo francés Pierre Golendorf--, donde está con la misma ropa con que se vistió a toda prisa en presencia de los policías que vinieron a arrestarnos el 20 de marzo de 1971. Porque Heberto estaba durmiendo cuando la Seguridad del Estado tocó a la puerta fingiendo ser el hombre del telegrama. Dormía desnudo, lo recuerdo bien, pues el apartamento era un horno si el viejo aparato de aire acondicionado no funcionaba a todo dar.
Allí está todavía en la foto, con aquel jean color crema que le había regalado el poeta mexicano Efrain Huerta, y una camisa de cuadritos, donde prevalecía el amarillo. Aparece rodeado de nuestros libros, de la máquina de escribir y de algunos afiches, como aquel del fotógrafo norteamericano Lee Lockwood, y otro, una reproducción de un Roualt, que ponían una nota de color en el pequeño apartamento que dentro de su modestia quería ser también hogar de escritores.
Nunca he entendido la forma en que lo describió Jorge Edwards en su libro Persona Non Grata. Porque mal que bien, nuestro apartamento de entonces, en la calle O y HUmboldt, a una cuadra de la Rampa, era un sitio amable,como digo, lleno de libros y cuadros, de fotos. Nada de lujos, claro. Tenía una habitación que transformamos en estudio, con un sofá cama (conseguido tras la gestión de Luis Santiago, un amigo inolvidable), y las paredes estaban cubiertas de libros y cuadros. La salita la había transformado en una cocina comedor, y al costado estaba el cuarto de mi hija, con una ventana.
Por extraños designios de la vida, las cuatro sillas de mimbre del comedor pertenecieron al dramaturgo Julio Matas, que había vivido en el edificio antes de marcharse de Cuba. A la vecina que heredó su apartamento le cambié aquellas hermosas sillas de mimbre por algo que no recuerdo.
En este mismo edificio, pero en un piso más alto, vivía la actriz Ingrid González, primero con su ex, el crítico Rine Leal, y luego frequentado por los maridos subsiguientes de Ingrid, incluyendo a Reinaldo Arenas, Noel Nicola y Joaquín Ordoqui García Buchaca. Este último solía visitarnos y compartir incluso algún que otro pato congelado que había *robado* del freezer de sus padres. El viejo Joaquín Ordoqui y su esposa, la García Buchaca, permanecían bajo arresto domiciliario en una finca de los alrededores de La Habana. Así que Joaquinito, el único que podía entrar y salir de aquel sitio, se aficionó a la conversación filosófica con Heberto, pero nunca tocamos el tema de sus padres, óbviamente prohibido, pues hubiera sido una descortesía de nuestra parte. Por mucho que me mataba la curiosidad, jamás abrí mi boca con preguntas indiscretas.
El edificio tenía fama, es decir, mala fama --y hasta un indecente nombrete--, cuando en 1967, y tras una peripecia que pudiera ser tema para una novela, me mudé allí. Habíamos recorrido La Habana y el Mariano de entonces, en el viejo automóvil del escritor Antonio Benitez Rojo, en busca del apartamento menos malo que se ajustara a lo único que me ofrecían. Yo preferí aquel que estaba cerca de la Rampa, y que aunque no tenía refrigerador (otra odisea para luego conseguirlo), ni balcón a la calle, y se accedía al primer piso por una escalera siempre a oscuras, una vez que cerraba mi puerta lo invadía la luz maravillosa que entraba por la ventana. Eso era suficiente para mí.
No podía quejarme. En 1966, divorciada, y en la calle y sin llavín, como decimos, aquel sitio se transformó pronto en un hogar para mí y mi hija. Y luego para Heberto.
Cuando entré por primera vez, no se habían borrado las huellas de los antiguos moradores, sus vibraciones. Pronto, la vecina chismosa se encargó de informarme que Caridad, que así se llamaba la inquilina anterior, se había marchado a Estados Unidos, tras haber estado en prisión. Nunca supe el nombre completo de Caridad, pero aquella manzana y otras ofrendas religiosas que encontré en un rincón, presumían que buscó la protección de los dioses africanos, seguramente con la esperanza de que se le abrieran todos los caminos.
No sé si Caridad fue feliz allí o no, pero a nuestro modo, Heberto Padilla y yo lo fuimos, amándonos, viviendo intensamente y recibiendo a amigos (ahuyentando también a unos cuantos espías e informantes de la Seguridad del Estado). Allí escribió Heberto Fuera del juego, y yo, Juego de damas. Sí, fuimos felices en O y Humboldt, aunque como Caridad, terminásemos en una celda de la Seguridad del Estado.
Al cabo de 38 años sólo deseo recordar los momentos eternos: el amor, y la luz marina que se colaba por la ventana.

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